¡Bienvenido a Mágicos Mundos, cuentos infantiles! En donde tú eres parte esencial de nuestras aventuras. Si quieres escuchar tu voz al final de un cuento, ve a magicosmundos.com y haz click para grabar. Ahora sí, viajemos juntos a mágicos mundos. Había una vez, un niño de diez años llamado José. José tenía la piel morena, cabello corto y negro, y dos ojos grandes como platos. Él vivía en la Ciudad de México con sus papás. José siempre supo que su mamá era de Argentina, pero nunca había visitado a sus abuelos, tíos, y primos que aún vivían allí. Cuando saludaba a sus primos por videollamada, le preguntaban “che, ¿cuándo venís a visitarnos?” “No sé,” contestaba José. “¡Pronto espero!” Soon I hope! Un día, cuando José regresó de la escuela, su mamá lo recibió sonriendo. “José,” dijo, “Tengo una sorpresa para vos. Vamos a la tierra de los gauchos. Vamos a Argentina.” José sonrió grande, revelando todos sus dientes. “¡Por fin!” exclamó. Pero fue en ese momento cuando José comenzó a sentirse nervioso. Él nació en México, y nunca había salido del país. Tuvo un nudo en el estómago pensando en irse tan lejos. “¿Qué tal si no me llevo bien con mi familia argentina?” pensaba. “¿O qué tal si no me gusta la comida?” José sabía que su mamá estaba muy feliz por el viaje, y él no quería bajar su ánimo, entonces guardó sus sentimientos para él mismo. No le contó que tan nervioso estaba. Dos semanas después, José y su mamá estaban en el avión. El estómago de José aún le dolía de los nervios, y comenzó a frotarse las manos una y otra vez. “¿Qué tenés José?” le preguntó su mamá. “¿Tenés frío?” José la vió a los ojos, y negó con su cabeza. “Mamá,” dijo, “¿Qué tal si a mi familia argentina no le gusto?” What if my Argentinian family doesn't like me? Su mamá le hizo un gesto cariñoso y le dió un abrazo. “Son tu familia,” dijo, “yo sé que ellos van a estar felices de verte. Al principio, todo se va a sentir nuevo. Pero después te vas a acostumbrar. Te lo prometo.” José fingió una sonrisa. Las palabras de su mamá le hicieron sentirse mejor, pero aún estaba nervioso. ***sonido de avión aterrizando*** Por fin, aterrizaron en Argentina. Al salir del aeropuerto, vio a sus abuelos con un letrero de papel. “Bienvenidos José y Marisol” decía en letras grandes y adornado con estrellas. José guardó silencio en el auto, observando la ciudad de Buenos Aires pasar por la ventana. Era muy diferente a la Ciudad de México. No había ningún volcán por el horizonte. Cuando llegaron a la casa de sus abuelos, vio a sus tíos y primos sentados en una mesa redonda. Se levantaron para abrazarlo y saludarlo. Su primo Héctor se acercó y dijo “¡Che llegaste! ¡Bienvenido!” José tomó su asiento en la mesa a un lado de Hécto y comenzó a observar a su familia. Su mamá les contaba del viaje en el avión, y de su vida en México. Mientras hablaba, José notó algo interesante. En las manos de su abuelo había una taza redonda, con un popote de metal. Su abuelo tomó un sorbo, y lo escupió. Después tomó un sorbo más y lo tragó. Él volvió a servir agua, y luego pasó la taza a su abuela. Ella también tomó unos sorbos. La taza regresó a su abuelo que volvió a poner agua, y se la compartió a su tío. Y así siguió la taza, dando una vuelta por la mesa. José se inclinó hacía su primo, y le susurró “oye Héctor, ¿qué están tomando en esa taza?” Los ojos de Héctor se abrieron muy grande, “¿nunca probaste el mate?” le preguntó, incrédulo. José negó con la cabeza. “No, en México no tomamos mate,” respondió. Fue en ese momento cuando José sintió un codo tocándole el brazo. Su mamá le estaba ofreciendo el mate. José lo aceptó con dos manos, y preguntó “¿no es una bebida para adultos?” Héctor se rió. “No, aquí tomamos mate desde pequeños,” dijo con una sonrisa. “Yo tomé mi primer mate a los dos años. Antes le ponía azúcar, pero ahora que tengo diez años ya no.” José estudió la taza en sus manos. Era redonda y negra con tres patas abajo. Le hizo pensar en un molcajete. Pero ésta era de cerámica. El popote de metal, llamado bombilla, era curvada, como una serpiente. Flotando sobre el agua caliente había unas pequeñas hojas verdes picadas. Parecía un estanque lleno de algas. Cuando levantó la vista de la taza, vio que toda la familia lo estaba observando. Sintió el nudo regresar a su estómago. “Bueno, aquí voy,” anunció José. Levantó el mate a su cara y puso la bombilla en su boca. Chupó un poquito de líquido y lo saboreó. El mate tenía un sabor amargo, como un té de pasto sin azúcar. Él no esperaba ese sabor. Levantó las cejas y comenzó a toser. Su familia se rió, y su abuelo le dijo, “ahora sí sos argentino José.” José sonrió de oreja a oreja, y él se rió con el resto de su familia. Desde ese momento, José sintió que estaba en su casa. Aprendió mucho más de su familia y la cultura argentina gracias al mate y esa tradición de compartir una bebida. Sentados juntos, bebiendo del mismo mate, creó un vínculo invisible entre ellos. O como su abuelo decía, mateando se entiende la gente. Y así era. ¿Qué piensas? ¿Te gustó el cuento de hoy? ¿Alguna vez has probado el mate? El mate es una bebida muy popular en varios países del cono sur: Argentina, Uruguay, Paraguay, y el sur de Brasil. Desde pequeños los niños toman mate, y los adultos suelen tomar varias tazas durante el día. Ahora, vamos a abrir nuestro buzón de voz… Guau! Gracias por enviar el saludo Ana Romina. El cuento de La Ciguapa da un poco de miedo, verdad? Eres una niña muy valiente. Si quieres escuchar tu voz al final de un cuento, solo ve a magicosmundos.com y haz click para grabar. Y no olvides seguirnos y activar la campanita para no perderte los nuevos cuentos de Mágicos Mundos. ¡Hasta el próximo pequeños!