¡Bienvenido a Mágicos Mundos, cuentos infantiles! En donde tu eres parte esencial de nuestras aventuras. Si quieres escuchar tu voz al final de un cuento, ve a magicosmundos.com y haz click para grabar. Ahora sí, viajemos juntos a mágicos mundos. Había una vez, un niño de seis años llamado Carlos. Él vivía con sus papás en la ciudad de Otavalo, Ecuador. Otavalo es un lugar especial donde vive un grupo de indígenas que lleva el mismo nombre. Y allí queda el mercado indígena más grande de toda Latinoamérica. It has the largest indigenous market in Latin America. Carlos vivía en esa comunidad de los Otavalo. Mientras él jugaba en pañales, su papá vendía productos de cuero en el mercado. Cinturones, carteras, bolsas, y hasta zapatos. Tras los años, Carlos comenzó a observar cómo los turistas regateaban con su papá para obtener el mejor precio del producto. Una turista preguntaba “¿Hola, cuánto cuesta este cinturón?” “Diez dólares” respondía el papá de Carlos “Mejor dámelo por cinco,” pedía el turista. “Te doy un precio especial, de ocho dólares” “Ok está bien” Y así, su papá ganaba dinero para la familia, vendiendo sus productos y negociando para que se los compraran al precio más justo. Por suerte, muchos turistas visitaban Otavalo para comprar recuerdos, y muchos le compraban al papá de Carlos. Carlos decidió pasar tiempo en el mercado todos los días, por lo cual tenía mucho tiempo para observar, analizar y aprender cómo funcionaba el negocio de vendedor. En la plaza donde se reunían todos los vendedores, se encontraban diversos olores. Entre ellos, cuy rostizado sobre carbón, cerdo frito, flores frescas, y maíz tostado. Un día, Carlos se animó a preguntarle a su papá: “Oye papá, cuando venga el siguiente turista, ¿me dejarías vender a mí? Yo te he visto vender muchas veces y creo que ya sé cómo hacerlo.” El papá de Carlos levantó sus cejas, y se rascó la mandíbula mientras pensaba. Al fin, dijo “Bueno, iba a pedir a Don César que cuidara el puesto por un momento mientras iba al baño. Pero te lo voy a dejar a ti.” Carlos sonrió de oreja a oreja. Iba a poder mostrarle a su papá que él también podía vender. Y que tantos días con él en la plaza habían sido el mejor entrenamiento. Entonces, allí estaba Carlos, sentado solito sobre un taburete en el mercado. Vió a muchas personas pasar por el puesto, pero ninguna paraba. De pronto, se acercó una pareja de extranjeros. El hombre tenía el cabello oscuro y la piel blanca. Llevaba una camisa roja. La mujer era de pelo rubio, y llevaba un poncho andino que al parecer había comprado hace poco. “Hola buenas tardes” dijo el hombre, con un acento estadounidense. “Buenas,” respondió Carlos, parándose para mostrarles que él los iba a atender. “¿Cuánto cuesta esta bolsa?” preguntó la mujer. Señalando a una bolsa de cuero oscuro. “Veinte dólares” dijo Carlos extendiendo sus diez dedos dos veces. La mujer negó con la cabeza, y regresó la bolsa a su lugar en el puesto. Carlos frunció su ceño. Parecía que el precio era demasiado alto para ella. La pareja iba a continuar caminando por el mercado cuando Carlos exclamó una frase que había escuchado varias veces de su papá. “¡Te puedo dar un precio especial!” La mujer se volteó a verlo de nuevo, con una cara de ternura. “Te la dejo en 15. ¿Cómo te parece?” preguntó Carlos. La mujer volteó a mirar a su pareja, quien se encogió de hombros. Entonces, ella sacó su billetera, y sacó trece dólares. “Solo tengo trece,” dijo la mujer. “¿Lo aceptas?” Carlos lo meditó por un momento. Él había pedido 20 dólares por la bolsa, y después bajó a 15. Pero la mujer sólo tenía 13. She only had thirteen. Después de pensar un rato, decidió aceptarlo. Quería sorprender a su padre y llegar a casa a contarle a su mamá que había hecho su primera venta. “Está bien” dijo Carlos, asintiendo con la cabeza. Carlos le pasó la bolsa a la mujer con una mano, mientras recibía el dinero con la otra. La pareja se despidió muy amablemente de él y regresó a su puesto a esperar a que su padre saliera del baño. Cuando regresó, su papá le preguntó “¿Cómo te fue?” Carlos sonrió y le mostró los 13 dólares de la mujer. Su papá chocó los cinco con su hijo. His dad gave him a high five. Su padre sabía que el precio de las bolsas no era tan barato, pero no quería quitarle el crédito por su gran esfuerzo. “Felicidades hijo,” dijo su papá. “A la próxima estoy seguro que la podrás vender a 16.” Desde ese día, Carlos ayudó a su papá en el mercado, aprendiendo de cada venta. Años después, Carlos abrió su propio negocio, y sus hijos al igual que él, observaban a Carlos, aprendiendo sobre esta gran profesión. Ser vendedor no solo se trata de vender simples objetos, sino también de entregar recuerdos a quienes visitan desde todas partes del mundo. ¿Qué piensas? ¿Te gustó el cuento de hoy? ¿A ti te gusta ir al mercado con tus papás? Ahora, vamos a abrir nuestro buzón de voz! Guau! Gracias por enviar el saludo desde Guatemala, mamá de Emiliano. Ustedes viven en un país con muchas culturas vibrantes. No pierden los cuentos sobre El Quetzal, y Los Mayas que también hablan de Guatemala. Si quieres escuchar tu voz al final de un cuento, solo ve a magicosmundos.com y haz click para grabar. Y no olvides seguirnos y activar la campanita para no perderte los nuevos cuentos de Mágicos Mundos. ¡Hasta el próximo pequeños!