¡Bienvenido a Mágicos Mundos, cuentos infantiles! En donde tu eres parte esencial de nuestras aventuras. Si quieres escuchar tu voz al final de un cuento, ve a magicosmundos.com y haz click para grabar. Ahora sí, viajemos juntos a mágicos mundos. Había una vez, un par de hermanos llamados Sergio y Lucía. Sergio tenía nueve años, y Lucía siete. Ellos vivían con sus papás en una isla. Pero esa isla no era como cualquiera. Era una isla única, en medio del mar pacífico, lejísimo de la tierra. Se llamaba Isla de Pascua. It was called Easter Island El papá de Sergio y Lucía siempre los llevaba de ida y vuelta a la escuela. Como era más grande, Sergio se sentaba enfrente del auto con su papá, y Lucía atrás. En el camino, pasaban cabezas al lado de la calle. Las cabezas, no eran cabezas de verdad, sino estatuas muy grandes, hechas de piedra oscura. Todas las estatuas tenían rostros serios, con los ojos abiertos y las bocas cerradas. Parecían estar vigilando a la familia cuando las pasaba en su auto. Sergio las observaba mucho. Sabía que eran muy antiguas. Estaban en todas partes de la Isla de Pascua. Un día, Sergio se animó a preguntarle a su papá, “papá, ¿cuál es la historia de esas estatuas? ¿Por qué tienen rostros tan serios? ¿Cómo llegaron aquí?” En vez de dejar contestar a su papá, Lucía interrumpió y dijo “No se llaman estatuas, se llaman moai. Y llegaron caminando.” Sergio dió la vuelta en su asiento, vió a su hermana y puso sus ojos en blanco. “Es en serio Lucía, quiero saber.” Su papá respondió, “tal vez tu hermana tiene razón Serigo.” Sergio vió a su papá y se arrugó la nariz, confundido. En ese momento, llegaron a la escuela y Sergio y Lucía se despidieron de su papá. Todo el día en la escuela, Sergio pensaba en lo que había dicho su hermana menor. Una estatua enorme caminando no tenía sentido. Pero tampoco sabía cómo hubiera sido posible llevar una estatua hasta allá. Eso sí fue un misterio. En la tarde, sonó el timbre del fin del día *timbre* Sergio encontró a su hermana en el pasillo, y juntos caminaron a la entrada de la escuela para buscar a su papá. Al subir al auto, Sergio encontró un mapa en su asiento. Vió a su papá, quien dijo, “Hoy vamos a hacer una excursión.” Sergió giró la cabeza para ver a Lucía, y los dos sonrieron. En camino, su papá les explicó que iban a visitar un lugar llamado Rano Raraku, un cráter volcánico. “Allí empieza la historia de las estatuas, o como decimos, moai.” Al acercarse al cráter, Sergio y Lucía estaban asombrados por la cantidad de moai que vieron. Decenas de caras grandes los observaban desde la colina. Parecían todo un ejército. “Tengo miedo papá,” dijo Lucía. “Hay muchos.” Su papá estiró la mano hacía atrás para alcanzar la de Lucía. “No te preocupes,” dijo, “los moai nos protegen.” Pero Lucía aún tenía sus dudas. Su papá estacionó el auto. Todos bajaron, y mientras caminaban por el cráter, su papá continuó explicándoles que los moai fueron esculpidos allí mismo hace más de quinientos años, usando la piedra volcánica del cráter. “Dicen que los crearon para honrar a nuestros antepasados. Y que estos nos protegen.” They protect us. Sergio inclinó la cabeza hacía arriba y se fijó en la cara de un moai gigante. Intentaba imaginar sus antepasados, hace muchísimos años, usando martillos y otras herramientas para esculpir. Vió en la cara del moai la cara de sus tatarabuelos. Pero en ese momento Sergio frunció el ceño. Vió a su papá y Lucía caminando más hacía adelante, y les gritó, “oye, ¿pero cómo es que caminaron? Ni tienen pies, solo son cabezas.” Los dos se pararon y dieron la vuelta. They both stopped and turned around. El papá de Sergio le dijo que en realidad nadie sabe cómo los moai llegaron desde el cráter hasta los extremos de la isla. “Pero cuando llegaron los primeros exploradores hace cientos de años, estos preguntaron a los indígenas la misma pregunta. ¿Cómo se movieron los moais?” Sergio y Lucía vieron a su papá, escuchando atentamente. “Los indígenas les contaron que habían caminado, y ahora creemos saber a qué se referían.” Su papá les dijo que cuando la estatua de un moai ya estaba terminada, los indígenas ataron cuerdas a su frente, y la jalaron, inclinándola de un lado a otro, hacía adelante. Eso creó la ilusión de que estaban caminando. Y así, jalandolas poco a poco, las movieron a todas partes de la isla. Lucía brincó al aire y exclamó “¡lo sabía!” “Mi maestra me dijo que las cabezas caminaban.” El papá de los niños sonrió y asintió con la cabeza. Ese día, Sergio y Lucía aprendieron la historia y la importancia de las cabezas enormes que se encontraban por toda la isla. Eran un recordatorio constante de sus antepasados que habitaban la Isla de Pascua. Esas cabezas caminantes siguen siendo una atracción a nivel mundial, y miles de personas visitan esta isla especial cada año, en medio del mar pácífico. ¿Qué piensas? ¿Te gustó el cuento de hoy? ¿Sabías que los moai de la Isla de Pascua sí existen? Hay más de 900 de ellos en la isla. Ahora, vamos a abrir nuestro buzón de voz ¡Guau! ¡Gracias por enviar el saludo desde Perú, Alexia Victoria! Que suerte que fuiste a la ciudad perdida de Machu Picchu. Sin duda es una de las maravillas del mundo. Si quieres escuchar tu voz al final de un cuento, solo ve a magicosmundos.com y haz click para grabar. Y no olvides seguirnos y activar la campanita para no perderte los nuevos cuentos de Mágicos Mundos. ¡Hasta el próximo pequeños!