¡Bienvenido a Mágicos Mundos, cuentos infantiles! En donde tu eres parte esencial de nuestras aventuras. Si quieres escuchar tu voz al final de un cuento, ve a magicosmundos.com y haz click para grabar. Ahora sí, viajemos juntos a mágicos mundos. Había una vez, dos gemelos de nueve años llamados Gabriel y Joaquín. Ellos vivían con sus papás en la ciudad de Cobija, Bolivia. Cobija está ubicada en la selva amazónica, rodeada de árboles verdes, pájaros coloridos, y animales silvestres. Es un lugar muy caliente y muy húmedo. De hecho hace tanto calor que se dice que la ciudad se llama Cobija porque estar allí se siente igual a estar cubierto por una cobija. En esa ciudad crecieron Gabriel y Joaquín. Cada día, los gemelos se refrescaban en el agua marrón del río Acre. Buceaban desde la orilla, haciendo competencias para ver quién podía hacer el chapoteo más grande. *Sonido de un chapoteo* “¿Viste ese chapoteo?” preguntó Gabriel. “Sí lo vi” contestó Joaquín, “¡pero mira el mío, va a ser más grande aún!” *Sonido de chapoteo* Un día, al atardecer, Gabriel y Joaquín caminaban de regreso a su casa para cenar en familia. El plato favorito de los gemelos era el majadito. El majadito es un plato típico de Bolivia. Tiene arroz, carne, huevos, y yuca frita. Con un solo olfateo, los gemelos sabían qué iban a cenar. With one sniff, they knew what they were having for dinner. “¡Yupi, majadito!” exclamaron juntos. Durante la cena, su mamá les comentó que ese día el gobierno había distribuido mosquiteros. Un mosquitero para cada cama en la casa. Y que tenían que usarlos esa noche. “¿Umm, qué es un mosquitero?” preguntó Gabriel. “Un mosquitero es un nido,” explicó su mamá. “Los colgamos sobre las camas. Son para protegernos de los mosquitos. Para que no nos piquen en la noche. Últimamente hemos tenido muchos mosquitos aquí en Cobija.” Los dos gemelos asintieron con sus cabezas, para demostrar que habían entendido. Justo antes de dormir, Gabriel y Joaquín encontraron sus propios mosquiteros doblados sobre sus camas. Gabriel abrió y colgó el suyo, dejándolo caer desde un gancho en el techo hasta el suelo. Parecía un fuerte de hilos. Se metió adentro y exclamó, “¡woohoo! ¡Chao mosquitos, ya no me pueden alcanzar!” Pero Joaquín, en cambio, guardó su mosquitero debajo de su cama. No lo colgó. “Estoy demasiado cansado para colgarlo hoy,” dijo mientras bostezaba. Gabriel miró a su gemelo boquiabierto. “¿Cómo que no lo vas a colgar hermano? Te van a picar los mosquitos,” dijo. The mosquitos are going to bite you Pero Joaquín ya se estaba quedando dormido, sin su mosquitero. Entonces, Gabriel también se acostó a dormir. *bzz* *bzz* A la mañana siguiente Gabriel se despertó bien agusto bajo su nido. “Buenos días Joaquín,” dijo mientras se sentaba en su cama. Al escuchar la voz de su hermano, Joaquín se despertó con un gran susto. Estaba muy cansado aún, pues pasó toda la noche entre dormido y despierto, por culpa del zumbido de los mosquitos en su oído. Cuando Gabriel vió a Joaquín, exclamó, “¡Hermano! ¡Tu cara!” Joaquín se paró en frente del espejo y comenzó a llorar. Su cara estaba cubierta de picaduras rojas. Picaduras de mosquitos. Cuando su mamá lo vió en la cocina, lo regañó, “Joaquín te dije que colgaras el mosquitero caramba. Ve a colgarlo ahora mismo.” Entonces, Joaquín colgó su mosquitero. Había aprendido su lección a las malas. Pasó toda la semana rascando su cara una y otra vez. Las picaduras eran muy incómodas. Lo único que lo aliviaba era el agua fresca del río. En vez de jugar a hacer competencias de chapoteos como solía hacer con su hermano, prefería flotar boca abajo para mojar sus picaduras. Pero una semana después, las cosas empezaron a ir de mal en peor para Joaquín. “Urrr” gimió cuando se despertó una mañana. “Gabriel, no me siento bien. Ve por mamá,” dijo mientras tosía. Cuando su mamá llegó, puso su mano en la frente de Joaquín y jadeó. “Estás calientísimo,” dijo, con una cara de preocupación, “vamos al médico.” Entonces, Joaquín, Gabriel y su mamá caminaron al centro de salud más cercano. Allí en la sala de espera, había muchos enfermos y heridos. Un hombre que usaba muletas, un niño con un yeso en el brazo, y una niña que estornudaba cada diez segundos. Después de esperar un gran rato, cuando la paciencia ya se agotaba, una enfermera salió y anunció “Joaquín Gómez.” Los gemelos y su mamá siguieron a la enfermera a una sala de examen. Entró un doctor con un portapapeles. “Cuéntenme, ¿cómo les puedo ayudar?” preguntó el doctor. Joaquín le explicó al doctor que tenía fiebre, dolor del estómago, y tos. “¿Acaso te ha picado un mosquito recientemente?” preguntó el doctor. Joaquín volteó a ver a su mamá, y con una cara de sorpresa contestó, “Sí, me picaron varios. ¿Pero cómo lo sabe?” El doctor tomó notas en su portapapeles mientras le explicaba que era posible que Joaquín tuviera una enfermedad llamada malaria. “La malaria es común en lugares tropicales, como Cobija. Es una enfermedad transmitida por un mosquito. Cuando un mosquito infectado te pica, puede pasar la enfermedad a tu sangre, e infectarte fácilmente.” Joaquín miró hacía el suelo. Deseó poder devolver el tiempo y haberle hecho caso a su mamá sobre colgar su mosquitero. Para romper el hielo, el doctor les contó un dato curioso. “¿Saben por qué se llama malaria?” preguntó. Los gemelos negaron con las cabezas. Entonces, el doctor les explicó que a la enfermedad se le llama así porque hace mucho tiempo, los seres humanos pensaban que la malaria venía del aire contaminado de los pantanos. Mal aire, le decían. Y de allí pasó a llamarse Malaria. “Pero ahora sabemos que la malaria no viene del aire, sino de los mosquitos. Así que les recomiendo que usen sus mosquiteros para evitarlos la próxima vez.” Los dos gemelos se miraron y asintieron al mismo tiempo. “Doctor,” preguntó Gabriel, “mi gemelo va a estar bien, ¿verdad?” El doctor asintió con la cabeza. Les dijo que si Joaquín tenía malaria, unas pastillas podrían ayudarlo a recuperarse. Unas semanas después, Joaquín se estaba sintiendo mucho mejor. Y volvieron a comenzar las competencias de chapoteos en el río. Pero definitivamente una cosa sí cambió. Desde ese momento, todas las noches, antes de dormir, los dos gemelos se fijaban en sus mosquiteros, asegurándose de que no hubiera ninguna entrada para un mosquito travieso. ¿Qué piensas? ¿Te gustó el cuento de hoy? ¿Alguna vez te ha picado un mosquito? ¿Sabías que en muchos lugares se usan mosquiteros cada noche? Ahora, vamos a abrir nuestro buzón de voz ¡Guau! ¡Gracias por enviar el saludo desde Serbia, Luka! Si quieres escuchar tu voz al final de un cuento, solo ve a magicosmundos.com y haz click para grabar. Y no olvides seguirnos y activar la campanita para no perderte los nuevos cuentos de Mágicos Mundos. ¡Hasta el próximo pequeños!